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Historias Urbanas

Hojas al Viento

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Sus grandes ojos negros con densas pestañas miran implorantes a la gente pasar, su pequeña hermana de la mano, tiembla de frío y solloza… Son las once de la mañana y no han probado bocado. El menor a fuerza de penurias es un adulto en un cuerpo diminuto… aunque a veces, como infante que es, desea jugar y comer dulces, ver a los payasos o a los magos que en los circos que visitan la ciudad hacen sus divertidos e increíbles actos para el regocijo de todos, anhela tener una pelota y realizar hazañas futbolísticas que serán aclamadas por una muchedumbre emocionada… y para su hermanita una muñeca de trapo… o  porque  no… una de esas grandes de bellos ojos azules que se abren y cierran cuando la acuestan o ponen de pie, que la pueda vestir de bellos colores con vestidos lindos como los que ven en los aparadores de esas tiendas para los ricos… sin embargo hoy su mayor preocupación no es ganar una competencia o un divertido juego… ni el siguiente par de zapatos de la muñeca, no es la tarea ni llegar temprano a algún lugar, no… su prioridad es lastimeramente… ¡Conseguir el alimento diario mínimo para poder sobrevivir!

Pero toda esa maldad, toda esa arbitrariedad aún no han infiltrado sus inocentes almas, no han logrado hacerlos malos… malos no, pero si precavidos y maduros… resistiéndose con uñas y dientes a caer en la amargura a tan temprana edad.

A la defensiva transitan esas calles en las  que la constante es el peligro… el pan de cada día son las humillaciones y maltratos, la indiferencia de los de arriba que pasan y pasan y su única y exclusiva atención es a los aparadores que lucen costosos atuendos , calzado de máxima calidad, a la moda,  restaurantes de comida internacional con precios exorbitantes que pagan con total desparpajo incluso dejando propinas con las que ellos (Los más desprotegidos) y muchos más comerían tres días seguidos… para ellos esos niños son invisibles, no existen, irónicamente muchos de los que no advierten o no quieren advertir esa miseria, son organizadores o asistentes a fiestas pomposas de beneficencia para reunir fondos para la gente humilde, gente que en sus existencias jamás compartirá su mesa, sus tiendas, sus calles o sus vidas… ¡Un mundo curioso!

Los que comparten con ellos la miseria y las más ofensivas carencias, la desesperanza, la incertidumbre por un futuro próximo que parece desolador… deambulan por allí después de muchos años, después de desgastar los ya de por sí desgastados zapatos, no de segunda ni de tercera mano… o pie… sino de cuarto dueño, que se encuentran entre la basura o les regalan por ahí, familias menos desasistidas que ellos… siguen caminando sin rumbo cierto igual que siempre… pobres… pobres… ¡Pobres!

Aún así, la gélida mañana contrasta con la calidez de sus almas cándidas, de sus todavía inocentes corazones, afortunados (Se puede decir en comparación) con los que ya son presa de las garras del vicio, por los solventes, de los pegamentos, del alcohol, de la mariguana o cualquier medio de enajenación que de algún modo aminoran ficticiamente su sensación de hambre, tristeza,  abandono,  dolor  y  miedo… salidas que no llegan a ningún lugar agradable, puertas que se abren y los introduce a un mundo de autodestrucción y pérdida de los más elementales valores y dignidad, entrada al subsuelo fangoso, a un infierno de dolor y angustia que los precipita inexorablemente a un fin trágico, solitario y sórdido…

Quisieran con toda el alma dejar de sufrir buscando el sustento, dejar de cuidarse de los adultos que abusando de su condición de calle… ¡De su desesperada necesidad de comer! Buscan hacerlos presa de sus más bajos instintos, de todas las perversiones imaginables, de los vicios más aberrantes por un muy módico precio… una miserable y escasa comida que le mitigue el hambre por ese único día… ¡Negocio redondo!

Son reclutados en las filas de la pornografía infantil, de la venta de sus carnes pueriles  y tiernas, manjar apetitoso e irresistible para pedófilos y pederastas que acechan babeantes  de lujuria a los pequeños y pequeñas en desgracia… mercado clandestino que tiene gran demanda y que como siempre paga quien más tiene… y puede. Que con tal de satisfacer sus fantasías perversas son capaces de devengar grandes sumas de dinero (Que nunca va a manos de los propios niños) para tener a los infantes, que inermes, solo resisten con asco y vergüenza las ilimitadas vejaciones, abusos y violaciones a los que son sometidos todo el tiempo… ¡el hambre es canijo y de algún modo hay que apaciguarlo!

Eduardo o el Lalillo como le llaman sus amigos, sigue de la mano de Adrianita su pequeña hermana a la cual no suelta por nada del mundo, consciente de la maldad que los circunda, busca alguna forma de conseguir alimento. Allá, a las afueras de un mercado ha visto un sweater viejo entre la basura… lo levanta, lo sacude y luego se lo pone encima a la niñita que tirita de frío, ella que lloraba, seca sus lágrimas y sonríe agradecida a Lalo, él también tiene frío y mucho, pero no soporta ver sufrir a su hermanita y no le importa ese tormento si ella está a salvo.

Un hombre con lentes, un poco pasado de peso, que viste chamarra gruesa, guantes y gorro, camina por la acera, va comiendo una torta de tamal, de las conocidas como guajolotas, la lleva en su mano derecha y en la izquierda un caliente y espumoso vaso de atole de chocolate o champurrado. Avanza de prisa pues se dirige al trabajo a unas calles de allí. Cuando se  acerca el  suculento alimento a la boca para disfrutar del primer bocado… ve a los dos pequeños que se han sentado en el quicio de una puerta a descansar su largo andar matutino… detiene en seco sus pasos y sin poder evitarlo se acerca a los pequeños conmovido: ¡Hola niños! ¿Cómo están? Ellos, cohibidos y desconfiados no responden y lo miran con recelo.

¡No se asusten, solo quiero que coman esto que les traje! Miente, mientras les ofrece la torta y el atole. Lalo aun dudando estira la mano para tomar el alimento, luego se levanta y agarra de la mano a Adi y se aleja de allí a toda prisa con la comida y feliz por el milagro… tímidamente voltea a ver al generoso extraño y con un gesto le agradece el obsequio… luego dan vuelta en la esquina y se pierden de vista… el hombre seca sus lágrimas al percatarse que está llorando y enternecido, continúa su camino a la oficina.

Pasajes cotidianos de la gran urbe, tan comunes y frecuentes que ya son “normales“ a  los ojos de los demás, que indolentes, optan por no mirar tan deprimente panorama, su día marcha maravilloso ¿Por qué arruinarlo mirando el lado triste de la vida? Las cosas son así y ni modo… ¡Ya “alguien” los ayudará…!

Niños de la calle… víctimas de los errores de una sociedad injusta en la que pagan con creces los menos culpables de éstos desatinos.

Niños de la calle… corazones de esmeralda en estuches maltratados, pequeños sin hogar ni calor, lucecitas intermitentes en las negras fauces de la ciudad.

Niños de la calle… hojas al viento que caprichoso les da mil volteretas y los lleva de aquí para allá, maltrechos y confundidos para por último,  depositarlos en un montón de desechos que luego de un tiempo, se desintegran y vuelven a la tierra, en un ciclo de olvido del que ustedes son los paganos.

Niños de la calle… ¡No estén tristes!  ¡Aún en su desolador entorno se tienen unos a otros! Y consiguen el calor que nadie más les procura, siendo éste el tesoro más grande y preciado para criaturas tan frágiles y hermosas…  ¡A merced de todo…!

 

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